La vida son los otros. Vivir consiste en ser como los otros, depender de lo que los otros digan. Porque si no bailas, hijo mÃo, ¿qué dirán los demás? ¿Qué pensarán de ti? ¿En qué grado de impopularidad caerás?
Por principio se considera que el hijo que es como todos los demás, es buen hijo y tiene amplias perspectivas de llegar a ser buena persona pero, se desconfÃa de los hijos que no bailan, de los que no tiran serpentinas y talco o huevos a los amigos que festejan algo trascendente. Se desconfÃa de alguien que no es como todos.
Vivimos desconfiados. No confiamos en el desenvolvimiento natural y en el crecimiento de los hijos de acuerdo sus propias potencias interiores. Cometemos el error de querer modelarlos a imagen y semejanza de las exigencias de esta sociedad contemporánea. Hay momentos de soledad y sociabilidad indispensables. Todo es indispensable en su debido momento.
Cuentan que una araña vivÃa en una casa vieja y allà tejió una hermosa tela para atrapar moscas, cada vez que una mosca se enredaba en la tela corrÃa la araña a devorarla para que las otras moscas no la vieran ahà atrapada y siguieran considerando esa red segura para tomarse un descanso.
Pero hubo una vez una mosca más inteligente que revoloteaba y no se decidÃa a posarse en los hilos de la araña. La araña la invitó a bajar pero la mosca rehusó: - Nunca me poso donde no veo otras moscas - dijo y se alejó hacia un lugar donde habÃa muchas moscas cuando iba a posarse pasaba por ahà una abeja zumbona que le dijo: - וֹTen cuidado que es papel caza-moscas y ésas están todas presas! - Pero la mosca no atendió a la advertencia y ahà se fue a su exterminio junto a las demás.
La multitud no es garantÃa de nada, más bien es garantÃa de publicidad arrebatadora, de moda virulenta, también es cierto que produce seguridad, esa sensación tan dulce de ser colegas. La identidad personal necesita, obviamente, de seguridad, de marcos de contención, del ser como todos, pero también se construye en aquellos momentos de ser diferente que se dan en circunstancias que no se comparten con otros, al menos, no con multitudes. Los hijos crecen entre el ser como todos y el ser como nadie. Lo extraordinario, no es que seamos como los otros, lo maravilloso es que, en ocasiones, podamos ser diferentes a los demás.
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