Cuando niño, acostumbraba observar
desde el balcón de mi casa a los niños que jugaban a la pelota en un
gran solar de la vecindad; solÃa hacerlo con una mirada que he dado en
llamar de "ojos largos". Me refiero a esa mirada que cuando se es niño,
es muy peculiar en los pequeños.
Cuando vemos a otros comiendo algo
o jugando con algo que a nosotros nos está vedado, hay una cierta
manera de fijar la vista en aquello que absolutamente nada a nuestro
alrededor nos hace quitarle los ojos de encima. No pareciera haber poder
alguno en el mundo que nos hiciera quitar la mirada de nuestro
objetivo. Nada distrae al niño.
En gran parte de las ocasiones, no
es hasta que el niño recibe el helado de manos de su padre o madre -que
pueden entender su mirada- o que es subido al caballito del carrusel,
que su contemplación llega a ser satisfecha.
Reflexionaba en estos dÃas sobre dos cosas:
Primero, que aunque nunca pude
bajar a jugar con los otros niños en aquel solar -por motivos netamente
personales que tienen que ver con la manera en que fui criado- Dios si
pudo captar mis "ojos largos" de niño.
Aunque nunca desarrollé buenas
habilidades para el juego, mi sueño llegó a ser el poder presenciar
alguna vez un juego de grandes ligas, lo cual parecÃa en ese momento,
algo totalmente inalcanzable para una familia de bajos recursos como la
mÃa.
Años más tarde, me tocó ser objeto
de un acto de gracia por parte del Señor quien me llevó a ocupar una de
las butacas de aquel hermoso estadio de beisbol de los Cardenales de
San Luis (equipo grandes ligas de los EEUU).
El cómo habÃa llegado a ese lugar
aquella noche era simplemente un milagro... no habÃa pagado un centavo
por estar allÃ. En ese momento, todas mis expectativas se realizaron al
contemplar un juego de beisbolistas profesionales, por vez primera.
Estos eran los jugadores que los
muchachos del solar habÃan estado imitando muchos años atrás. HabÃan
pasado casi treinta años pero mi Padre Celestial, quien captó mis "ojos
largos" de aquel entonces, supo contestar la petición no verbalizada del
niño.
La segunda cosa sobre la que
reflexioné fue que, de la misma manera en que, como niño tenÃa "ojos
largos" para cosas que ahora reconozco eran pasajeras e irrelevantes
desde un punto de vista maduro de la vida, asà debiera contemplar cada
dÃa a mi Dios, como al que más anhela y necesita mi alma.
Cuánto deseo que mi mirada se
mantenga fija y sin distracción alguna hasta que sea plenamente
satisfecho mi deseo de Su presencia en mi vida. |