A los seres humanos a veces se nos hace muy difícil enfrentar los problemas, darles la cara y acabar con ellos. En ocasiones nos encontramos en una situación en la cual ha surgido algún conflicto con alguna o algunas personas, y por una u otra razón, no nos decidimos de una vez por todas a acabar con la tensión entre ambas partes. También es común que frente a esos problemas tratemos de buscar una salida rápida y demos una solución superficial a la situación. Pensamos que con no hablar las cosas y dejarlas pasar todo se resolverá. Muchas veces concluimos que solamente con una disculpa lograremos arrancar el problema de raíz, pero lo cierto es que si no nos detenemos a conversar con la otra persona e intentamos identificar qué es lo que en realidad está causando la molestia o la tensión, y cómo puede encontrarse una solución para que esto deje de pasar, el problema solo se “solucionará” momentáneamente, pues es probable que tiempo después vuelva a surgir el conflicto si no se acaba con éste por completo. Si siempre le buscamos una solución momentánea a los problemas, los arrastraremos, queramos o no. Y esto es sumamente dañino para nuestro bienestar tanto físico, psicológico como emocional y espiritual. Si esto pasa, podemos levantarnos cada mañana y sentir que algo no nos deja respirar con tranquilidad, nos perturba el alma, desgasta nuestro espíritu y no nos permite pensar con claridad. Por ello es fundamental que si en este momento te encuentras en una situación conflictiva o llegas a estarlo, priorices siempre acabar con el problema de raíz y hablar de forma clara, y evitando esconder lo que realmente se piensa sobre la situación, cómo se puede llegar a un acuerdo o a una salida real de dicho problema. |