Desde que somos niños, nuestra familia y otras instituciones sociales como la escuela o la iglesia, o incluso los medios de comunicación, nos transmiten ideas sobre quiénes somos, cuál es nuestra posición social, qué es lo correcto o cómo deberÃamos ser. Creencias que, muchas veces, no llegamos a cuestionar y solamente cumplimos como si fueran orden del destino.
Debido a que somos seres enteramente sociales, somos creadores de cultura. Esto, representa la transmisión de ideas, costumbres y creencias a través del tiempo.
Dichas creencias, a pesar de que se heredan de generación en generación y hasta forman parte de nuestra identidad social, en muchas ocasiones pueden ser perjudiciales no solo a nivel personal sino también a nivel social y hasta ambiental.
Nos gustarÃa detallar por medio de un ejemplo relacionado con los hábitos alimenticios y la percepción que tenemos sobre determinados animales.
En nuestra cultura occidental, percibimos a los perros y gatos como animales para acariciar y mimar, como animales fieles al humano y por ende dignos de gran aprecio, cuidados y protección. Asimismo, vemos a animales como las vacas, los pollos y los cerdos directamente como alimento para nuestro consumo.
No obstante, si seguimos el mismo ejemplo, en paÃses asiáticos como China y Tailandia consumir perros y gatos es parte de la dieta diaria de sus habitantes. O bien, en la India, se acostumbra comer perros más no vacas debido a que éstas últimas son consideradas sagradas dentro de su cultura.
A lo que queremos llegar con el ejemplo anterior, es a lo absurdas que pueden ser las creencias y toda una cultura completa, pues no se trata sino de ideas muchas veces erróneas que hemos arrastrado durante un largo tiempo.
Entonces, ¿por qué seguir cargándolas sin cuestionarlas? ¿Creemos que ese tipo de ideas no provocan daño cuando pueden llegar incluso a cambiar la percepción sobre el mundo en el cual habitamos? ¿Son éticas esas creencias? ¿A quiénes benefician? ¿Son egoÃstas? |