Si pudiera mandarte una foto de ti mismo (a) cuando tenÃas 3 ó 4 años de edad, casi que serÃa lo único que pondrÃa en este artÃculo.
Y es que todos tenemos la capacidad de perdernos en la contemplación de la forma en que los niños de nuestra vida parecen solucionar su existencia aprontándose a utilizar los "atajos de adulto" a maneras de infante. AsÃ, podemos disfrutar del equilibrio que la princesa debe hacer sobre los tacones de mamá, lo mismo que del apuro que el pequeño transmite por lo chueco del corbatÃn que emula el atuendo de papá.
Felizmente nos regocijamos y disfrutamos cómo su perspectiva ante la realidad difiere de la nuestra, festejamos sus formas y enriquecemos nuestro corazón al contemplar la sencillez y sabidurÃa con la que abordan el mundo... Su mundo.
Lamentablemente no alcanzamos a tener conciencia de todo esto cuando somos nosotros los que provocamos esas miradas en los rostros de nuestros padres; a esa edad, simplemente somos lo que somos sin saber qué somos o que somos, pero... somos.
Cuando abordo el tema de nuestros hijos en mis conferencias, difÃcilmente el botón rojo de la sensibilización está desconectado en el auditorio, por el contrario, es el camino más rápido al corazón de un adulto, hablar de los niños de su vida.
Y es que invariablemente proyectamos en ellos la visión –no vista por nosotros- de nuestro propio niño interno del pasado. No es difÃcil que el padre se prometa proveer a sus hijos de todo cuanto a él le faltó, o que la madre se desvele pensando en darle a los suyos lo que ella no recibió, o justo evitarles las penas que ellos, ambos, tuvieron.
Al hacerlo, no sólo cobijamos de todo nuestro amor a nuestros hijos, sino que, nos proveemos un poco a nosotros mismos de aquellos elementos que sentimos, nos faltaron.
Claro está, que de vez en vez exigimos de nuestros vástagos agradecimiento, obediencia y que valoren todo el esfuerzo que hacemos por darles una vida mejor a la que nos dieron nuestros padres, sin entender que ellos están, simplemente, recibiendo la que nosotros les podemos dar, ajenos por completo del hecho de que en el camino, es a nuestro niño interno al que pretendemos fortalecer a través de ellos.
Al crecer, se van dando cuenta de que nunca llenarán nuestras expectativas del todo, ya que éstas están fincadas en nuestro propio pasado y no en su presente, asà que comienzan a forjar su propio sino, con las consecuentes heridas que el capullo le provoca muy a su pesar y sin querer a la mariposa que de él emerge.
Para cuando todo esto pasa, pasó su niñez y menguamos un poco de nuestros propios dolores, pero queda cierta sensación de habernos perdido su historia por estar recordando la nuestra.
¿El antÃdoto?... conciencia
Amor
Más enfoque, pero sobre todo; conciencia.
Piensa, reflexiona y actúa |